Eduardo Martin Sturla por Hernan Sartori

 Cuando me entreno o estoy con amigos, soy Martín, modesto, gentil y tímido. Pero cuando corro, soy Eduardo, agresivo y con furia en la sangre. Eduardo no le teme a nadie y cree que es el mejor. Pero cuando todo termina, soy Martín y a gatas puedo recordar lo que sentía o pensaba Eduardo”. ¿Un caso para el diván? ¿Un moderno Dr. Jekill y Mr. Hyde? No, al parecer, un nuevo método psicológico para el deporte de alta competencia.

Eduardo Martín Sturla, el hombre de los dos yo, apela a cualquier artilugio para no claudicar en la búsqueda de la concentración extrema que requiere su desafío constante. Porque este argentino de 29 años, reciente vencedor del triatlon de Mar del Plata, está en la élite mundial del Ironman (Hombre de hierro), el triatlon de mayor exigencia, donde cada atleta debe nadar 3.800 metros, pedalear durante 180 kilómetros y después, ya que está, correr un maratón. Quizás por eso, Sturla refuerza su peculiar metodología: “Hay que tener una cabeza de piedra, no darle bola a nada y entrenar. Pero cuando compito, Clark Kent se transforma en Super Sturla y libera su agresividad”.

Se prepara para el Ironman Brasil del 25 de mayo, una de las 17 pruebas clasificatorias para el Mundial de octubre, en Hawaii. “El objetivo del año es ganar en Florianópolis y quedar entre los 10 primeros en Hawaii”, cuenta el rubio. Su plan de entrenamiento es estricto. Por si alguno se le anima a seguirlo, cada semana Sturla nada entre 80 y 85 kilómetros, recorre 650 kilómetros en bicicleta y corre 25 kilómetros. Y los domingos, en lugar del asado o las pastas, tiene un menú especial: “Salgo temprano de la rotonda Gutiérrez y me voy hasta Chascomús en la bici. Doy una vuelta a la laguna, saludo a los paisanos y regreso. Tardo entre seis horas y cuarto y seis horas y media. En ese tiempo, hablo conmigo y con Dios, aunque no soy muy creyente”.

Eduardo Martín y el triatlon comenzaron su relación hace 13 años, en Ramallo. “Me fue muy mal. Cuando llegaba el primero, yo recién terminaba con la bicicleta. Fue vergonzoso, impresentable”, comenta. “Para mejorar, necesitaba una bicicleta —sigue—. Entonces fui repartidor de diarios a los 17 años. Me levantaba a las 4, repartía diarios, dormía un poco, me entrenaba, iba al Instituto River Plate a la tarde y después seguía con el entrenamiento”.

Bajo la mirada de su entrenador, César Roces, le dio duro y parejo. Pero chocó con Don Dinero: “Pronto empezaron los problemas económicos. Era difícil hacer algo contra la corriente”. Estuvo por largar todo, pero se dio una última oportunidad. “Quise probar suerte en el Ironman de Porto Seguro (Brasil), en mayo de 1999. Era mi despedida del triatlon —cuenta—. Antes de largar, me saqué una foto con el australiano Chris Legh, uno de los mejores, para tenerla de recuerdo. Horas después, oh sorpresa, me encontré corriendo detrás de él. Iba tercero pero al final terminé sexto. Me codeé con los mejores y resulté bastante bueno. Entonces seguí.”

Con el séptimo puesto en el Ironman de Australia 2000, ganó prestigio internacional y eso que le faltaba: dinero. En octubre de ese año, fue 36° en su primer Mundial, donde clasificó como mejor sudamericano. En el Ironman de Nueva Zelanda 2001 se agarró una bronca bárbara: “Ahorré hasta el último centavo y fui con una mano atrás y otra adelante. Terminé octavo y clasifiqué para el Mundial. Pero por llegar tarde al reparto de plazas, no me la dieron. Me embromaron”.

Tenía que estar en Hawaii y no tenía un peso, pero un amigo suyo le regaló un pasaje a Brasil que había ganado en un triatlon. “Sin ello, mi carrera estaba terminada”, afirma. Y la realidad lo respalda. Porque en Florianópolis fue primero en 8h11m10s, la tercera mejor marca mundial de 2001 y récord sudamericano. “Creo que hice esa marca de la bronca que me había quedado. Fue una salvajada“, dice. Con 10.000 dólares en el bolsillo, se entrenó en Colorado, Estados Unidos, y fue 13° en el Mundial.

Lo apoya la Fundación Ñandú con una beca por dos años. “Sin ellos estaría en la época de las cavernas —exagera—. Tengo control médico permanente y un programa vitamínico que te da la diferencia entre salir vigésimo quinto o décimo”. ¿Qué siente al competir durante ocho horas y media, sabiendo que tardará tres meses en recuperarse? “Para mí es un placer. Si fuera fácil, sería más difícil. Si a todo el mundo le gustara, sería más complicado. Esta es mi forma de expresión, como el que pinta o escribe música. El movimiento es una forma del arte. En un pelotón donde hay japoneses, australianos, checos, alemanes y un argentino, todos nos comunicamos haciendo lo mismo. No necesitamos hablar”.

Nada, pedalea y corre con instinto ganador, “porque no podés ganar a menos que lo creas posible”. Y no se permite obstáculos insalvables. Eduardo Martín Sturla evidencia su modo de vida con su frase de cabecera: “La escuché de un rival alemán: No tengo vergüenza de caerme, pero sí de no volverme a levantar“.

http://edant.clarin.com/diario/2003/04/19/d-547483.htm