Desde marzo de este año se está desarrollando en Rio de Janeiro el circuito Rio Triathlon.

Una serie de pruebas que se llevan a cabo, como el título de la canción de Tim Maia, de Leme al Pontal y un poco más acá también, en la hermosa Ensenada de Botafogo con su espectacular vista del Pan de Azúcar.

 

Cuando planifiqué mi viaje a Brasil para las vacaciones de invierno, desconocía todo esto. Y grande fue mi sorpresa cuando me enteré, casualmente, que el día 16 de julio se corría un acuatlón en la Playa de Copacabana.

Yo llegaba el 15.

Rápidamente me inscribí. Era una carrera soñada, en esa playa que tanto amo y que guarda el recuerdo reciente de las últimas olimpíadas.
Mi marido y yo llegamos a Rio el sábado a la madrugada. La ciudad maravillosa nos envolvió con un aire tibio que rápidamente nos hizo olvidar el frío porteño.

El taxi nos dejó en un hotel de la Rua Barata Ribeiro a metros de la Rua Santa Clara. Mi lugar en el mundo.

Era la primera vez que nos hospedábamos allí y nos llevamos una grata sorpresa. Excelente ubicación, confortable y cerca de la largada.

Luego de entrar en la habitación y acomodar un poco el escaso equipaje, nos fuimos al Big Bi[i] de la esquina (otro de los motivos por los que elegimos ese hotel).

En este punto tengo que abrir un pequeño paréntesis y desviarme un poco del relato principal para hablar del açai na tigela. Ese delicioso postre que nos impulsó a salir a la calle a las doce y cuarto de la noche a pesar del cansancio y del sueño.

Hecho con una fruta amazónica redonda, pequeña y oscura, el batido de su pulpa alcanza una consistencia cremosa y violácea que se puede mezclar con banana, frutilla, granola y/o guaraná. Es muy recomendado para los deportistas ya que tiene propiedades antioxidantes, aporta vitaminas de los grupos A, C, E y B (principalmente B1,B2 y B3) y ácidos grasos esenciales (omega 3, 6 y 9).

Y lo más importante, al margen de sus incontables beneficios, es que su sabor es delicioso.

Después de disfrutar este manjar nos fuimos a dormir, felices por encontrarnos en ese lugar tan querido.

El día siguiente transcurrió entre caminatas junto al mar, frutas, carbohidratos y el descanso necesario para enfrentar  la carrera que, si bien era corta, no dejaba de ser un tanto intimidante.

En nuestro recorrido fuimos hasta el Puesto 5, cerca del fuerte de Copacabana. El lugar donde se iba a realizar la largada. Para hacer un “reconocimiento del terreno”.

El domingo amaneció precioso.  Luego de desayunar en el hotel caminé las cinco cuadras que me separaban del evento con una gran emoción. Si bien no era la primera vez que participaba de un evento deportivo en Rio, ya había estado en la Maratón del 2015, la idea de correr un acuatlón me resultaba muy estimulante.

 

La prueba consistía en un kilómetro de natación, un recorrido entre tres boyas, y cinco kilómetros de carrera, dos vueltas a un circuito trazado en la Avenida Atlántica.

La entrega de kits se realizaba ese mismo día. Una fila de atletas entusiastas charlaban y reían con el típico nerviosismo previo a cualquier prueba.

Fui a dejar mis cosas al sector destinado para la transición, una larga fila doble de sillas blancas. Zapatillas, remera con el dorsal y lentes. Todo en orden.

Me puse el traje de neoprene y bajé a la playa. A pesar de los dieciocho grados de temperatura ambiente, el agua estaba fresca en esa época del año.

La largada se realizó en etapas: elite hombres, elite mujeres, el resto de los hombres y, por último, las mujeres que no formamos parte de la elite. Un total de trescientos competidores aproximadamente.

Por suerte, mi gran compañero, lo registraba todo con su cámara fotográfica. Por ahora él no participa en las carreras que incluyen el agua pero espero que alguna vez lo haga.

La etapa de natación fue hermosa. Mi mayor temor era enfrentar las olas, que en esa playa suelen ser turbulentas. Pero en ese momento eran suaves ondas acariciantes.

Salí del agua bastante adelante, venciendo la fantasía de llegar última.

Hice la transición muy rápido y salí corriendo movida por el entusiasmo.

Aunque parezca un poco cursi lo tengo que escribir: la sal del mar se mezclaba con mis lágrimas. Era tan grande la emoción de estar corriendo allí, en esa playa que fue el escenario de las últimas olimpíadas y la cuna de la bossa nova, que avancé más rápido que nunca.

Dorival Caymmi[ii] me saludaba con su mano en alto.

Atravesé la llegada con una sonrisa de oreja a oreja. Y el corolario de tamaña alegría fue que llegué segunda en mi categoría.

Uno de los organizadores bromeaba diciendo que, a partir de mi participación –aparentemente era la única inscripta de origen extranjero-, la prueba se había convertido en un evento internacional.

Y yo, bromas aparte, me sentía exultante, feliz, con un trofeo nuevo guardado en el corazón. Sin dudas, fue la mejor manera de comenzar las vacaciones.

 

Autora: Melina Rigoni

 

[i] Especie de kiosco donde venden desde golosinas hasta licuados de frutas.

[ii] La estatua de uno de los más influyentes cantautores de la música popular brasileña se emplaza a metros del lugar de la prueba.