Entre tu y yo, en esto de correr, yo nací para ser diésel. A lo largo de estos años, y desde que me calcé las zapatillas por primera vez, he comprobado que se me dan mejor las largas distancias que las carreras más cortas.

Nunca he sido rápida y creo que jamás seré (ni lo pretendo), pero me siento muy orgullosa de mis “discretísimas y más que populares” marcas teniendo en cuenta el tiempo que puedo dedicarle al entrenamiento. Así las cosas, y después de darle muchas vueltas, este año he decidido correr mi primer maratón. Qué heavy, ¿verdad?. A veces lo pienso y siento vértigo, pero tengo mucha curiosidad por descubrir qué se oculta tras ese largo camino que te lleva a la línea de salida de los 42,195 metros. Porque si tantos corredores repiten… algo mágico tiene que tener.

Dicen los que saben que el maratón es otra cosa. Es otro deporte. Así que tener a tu lado a un buen entrenador o alguien que te asesore correctamente, es imprescindible. Pero reconozco que yo no soy una “pupila” fácil. Con mi naturaleza preguntona y curiosa, para hacer algo necesito saber porqué lo hago, para qué me sirve (necesito entenderlo). Y aprender a correr despacio (más aún) ha sido el primer paso. Al principio, cuando empiezas a correr a un ritmo más lento del habitual (ese en el que tu cuerpo se siente bien) vas muy incómodo y se necesitas un tiempo de adaptación (a mí me dolían las piernas muchísimo).

Pero si quieres correr maratón, tienes que bajar marchas. Y ¿por qué? Pues por esto que te voy a contar de manera muy resumida, aunque estoy segura de que ya te lo sabes. Nuestro cuerpo utiliza tres tipos de “gasolina” para ponerse en marcha: grasas, hidratos de carbono y el sistema ATP- PC (para correr largas distancias, apenas es necesario). Y no, no funcionan como en una estación de servicio, en la que llegas a un surtidor y eliges el combustible que más le conviene a tu cuerpo en ese momento. Cuando empiezas una actividad física estos sustratos no se emplean de manera independiente, sino que su uso funciona de manera simultánea. La diferencia de utilizar mayoritariamente uno sobre otro está en la intensidad y la duración de esa actividad.

Según explica en uno de sus vídeos Jose Garay, entrenador de atletas de élite de CA Cárnicas Serrano, los corredores populares estamos acostumbrados a emplear los hidratos de carbono como fuente principal de energía, el tipo de “gasolina” que consumimos cuando vamos corriendo a ese ritmo tan agradable del que te hablaba antes. Ahí vas bien, es tu ritmo, estás acostumbrado y piensas que podrías hacer los 42 km sin problema (MEEEEEEC… error). El depósito de los carbohidratos tiene una autonomía aproximada de 90- 120 minutos. A partir de ahí, el organismo busca otra gasolina, y se va a por las grasas. El problema es que al correr principalmente a nuestro “ritmo cómodo”, no le enseñamos a nuestro cuerpo a trabajar esa fuente de energía. Y como no sabe tirar de las grasas para seguir corriendo, el organismo se para. Pero se para de verdad.

Vale, hasta ahí más o menos comprendido (tampoco vamos a hacer aquí un estudio sobre el metabolismo energético). Pero ahora llega la pregunta: ¿y cómo se trabaja con las grasas? Pues cambiando la intensidad de los rodajes, esto es, corriendo más despacio a ritmo extensivo. Te pongo un ejemplo (que ya me gustaría que fuera el mío): si pretendes correr el maratón en 3 horas y media, el ritmo de carrera será 5:00´(cada 1.000 metros). Pero para que tu cuerpo aprenda a trabajar también con las grasas durante la preparación, los rodajes largos (extensivos) deberás hacerlos entre 5:40´y 5:45´.

En Internet existe mucha documentación sobre este tema, ya no te voy a aburrir más. En mi caso, y teniéndolo ya más que claro, estoy mentalizada y preparada para ser una tortuga en zapatillas. Todo sea por llegar a esa meta con la mejor de las sonrisas y ganas de repetir. Ya os seguiré contando!

Nuria Sainz


Nuria Sáinz Fernández
www.lalluviasolomoja.com