Truenos, lluvia y rezos, así fue la noche del sábado 9 de septiembre para Catalina Rosales.

 

Su mayor anhelo era poder culminar su primera Media Maratón de Buenos Aires.

Crédito: Mariann García

Y lo logró junto al equipo de la Fundación para el Atletismo Asistido, quienes luchan por la inclusión de las personas con discapacidad.

No pude dormir. Yo le pedí a Dios que calmara la lluvia porque yo quería correr para exhibir un texto bíblico“, contó emocionada Catalina, una mujer que a raíz de la diabetes sufrió la amputación de sus dos piernas y perdió la vista.

Este domingo 10 de septiembre, más de 22.000 corredores, de distintos países, se presentaron en la Avenida Presidente Figueroa Alcorta 7000 para comenzar a escribir un nuevo capítulo de sus historias como deportistas.

Los pronósticos del tiempo, desde hace una semana, anunciaban tormenta para este día. Sin embargo, la mañana comenzó sin lluvia, pero con el cielo gris y un viento que movía a quienes recorrían las calles de la capital argentina.

A las 7:30 de la mañana se dio la largada. Emoción, gritos de alegría y el “tas, tas” del roce de los pies con el asfalto. Aunque las ruedas de la silla de Cata no sonaban “tas, tas”, ella estaba ahí en el arco de salida con una campera y gorra negra, y la pancarta que decía “A Jesucristo ven sin tardar”. El texto bíblico que quería difundir.

En los primeros kilómetros había tiempo para selfies, ir a los baños portátiles que colocó la organización en el camino, y hasta tomarle fotos a los monumentos de la ciudad.

Vaaamoos, vaaamoos. Te queda poco, tú puedes“, se escucha en las aceras. Familiares y amigos se encargaban de alentar a los corredores como si estuvieran en una cancha de fútbol.

Los kilómetros pasaban y el agotamiento se hacía presente. La fuerza mental y el corazón se unían para que cada participante se recordara “no hay calambre que pueda con vos”.

La motivación de unos a los otros se convirtió en el gran motor. “Hablábamos y me alentaban como si yo estuviera corriendo“, contó Rosales sobre el equipo que la acompañó en esta aventura; cuatro mujeres y un hombre. Todos con remeras rojas que los identificaban con la fundación.

Justo cuando el cronómetro marcaba 1:01:28, llegó a la meta el keniata Paul Lonyangata para derribar la cinta. Mientras que en la categoría femenina, la argentina Florencia Borelli registró un tiempo de 1:11:57 para quedarse con el primer lugar.

Crédito: Mariann García

Los ganadores celebraban en la tarima, mientras que en el arco de llegada se hacía presente “la Reina Cata”, como le dicen las compañeras de equipo. A los 55 años de edad cumplió uno de sus sueños: hacer una media maratón.

Nada es difícil, todo es posible en Dios. Estoy muy feliz. Es una experiencia muy linda“, exclamó en medio de una gran cantidad de personas que también habían alcanzado el mismo objetivo.

Una hora y cincuenta minutos fue su tiempo. “Eso es lo que menos importa“, soltó una de las voluntarias. “Nuestra medalla es su sonrisa y lo logramos“, acotó Claudio, quien también pertenece a la misma fundación y estaba llegando a la meta con Brandon, un joven de 18 años con parálisis cerebral.

Las gotas comenzaron a caer y se llevaron a los atletas asistidos. “El señor me escuchó“, aseguró Catalina. Y vaya que sí, pues después de que ella se fue la tormenta apareció para acompañar a los que aún le quedaban kilómetros por recorrer.

Su sonrisa contagiaba a cualquiera y al verla recordabas que nada es imposible. Ella no es una élite, tampoco competía por estar en el podio. Pero se llevó los aplausos de quienes la veían esforzarse, y hasta le pedían fotos como todo una súper estrella. Su ejemplo la coronó como una gran corredora.

Por Mariann García