Un día húmedo, las calles de Buenos Aires llenas de corredores.

 
 

    •  Ya han pasado 30 kilómetros y el cansancio se hace presente.

 

  • El MP3 pasó de AC/DC a Julio Iglesias Tango y ya sólo queda echar el resto para superar la meta.

 

Al fondo se escucha “Vamos, Galgo” y el rostro de su madre aparece para darle salida a las lágrimas de emoción.

 

Ariel Clusman culminó su primer maratón el 9 de octubre de 2016, el cronómetro paró en 4:50 y su euforia se desbordó como si hubiese ganado aquella competición.

 

 

Saberme maratonista es un orgullo que voy a llevar para siempre“, aseveró, un año después, el atleta que terminó inmerso en la locura que tanto criticó.

Yo jamás voy a estar corriendo como un loco“, decía hace 5 años el hombre alto y robusto que desde niño se dedicaba a jugar al fútbol con sus amigos.

El argentino, de 41 años de edad, en el 2010 sufrió una lesión en la rodilla izquierda (se rompió el ligamento cruzado anterior, cóndilo femoral y meniscos) que lo alejó de las canchas. “Me habían dicho que era muy difícil que yo volviera a correr”, contó.

Su primer contacto con el mundo runner se dio en el 2014 cuando una compañera lo retó a participar en una carrera nocturna. “Le dije: ´che, estás loca´, pero igual me anoté. Para mi sorpresa quedé entre los primeros dos mil corredores, de diez mil que participaron. Esa fue una inyección para seguir”, aseguró entre risas, quien se enamoró de esta locura y ya lleva 37 carreras.

Otro sueño: su segundo maratón

Su vida va de la mano con los kilómetros recorridos, inició con 5 y ya pasó los 42K. Es una persona soñadora y perseverante que siempre busca superarse a sí mismo. El asfalto ya es su mejor amigo, y a pesar del sol, lluvia o frío, siempre sale puntal desde su casa en San Isidro para entrenar.

Hace un año, la ciudad que lo vio nacer también fue testigo de cómo se hizo maratonista. “Galgo”, como le dicen sus amigos por la rapidez que tiene para correr, similar a la del perro de esta raza; pasó por todas las etapas: vivió la emoción de la largada, mantuvo el ritmo hasta el kilómetro 30 y ahí descubrió lo importante que es tener fuerza mental.

“En los últimos 12 kilómetros es cuando comienza el verdadero maratón. Después de ese punto le dediqué un kilómetro a cada familiar y persona querida. Mis compañeros me gritaban “vamos Galgo”, y al ver a mi mamá comencé a llorar. Es una emoción que no puedo describir”, revivió con lágrimas aquel instante. Sus ojos se nublaron por completo y el tono de voz se agudizó de tal manera que pausó por un momento la entrevista.

Más allá del abrazo que le dio su madre, aquel día Ariel recibió una recompensa que esperó por meses: una tortita negra. Esa factura que tanto le gusta y debe sacrificar para mantener el peso adecuado.

Ahora, Clusman, se prepara para vencer otra meta: culminar su segundo maratón con un tiempo menor. El trabajo ha sido duro: dos pretemporadas, comidas saludables, entrenamientos y mucha concentración.

A su lado tiene un equipo de especialistas que lo ayudan, pero confiesa que uno de sus grandes motores es el amor de Jessica, su novia. “Ha sido muy importante en mi evolución y es quien padece el día antes de cada carrera”, soltó.

En todo este tiempo ha crecido como deportista y persona. “Estoy orgulloso de mí por lo que he hecho y sigo intentando hacer”, remató el maratonista desde el frío asfalto de Vicente López, lugar donde entrena con su grupo.

El próximo 15 de octubre irá por otro sueño. La emoción se volverá a adueñar de su cuerpo; llevará el mismo MP3, sin saber qué disco lo acompañará en las últimas zancadas; en la meta lo esperarán sus seres amados, y al cambiarse se reencontrará con esa tortita negra que tanto lo motiva.

 

Por Mariann García