Hace casi tres semanas que duerme en un clima que le proporciona hipoxia para comprobar que la preparación a miles de metros sobre el nivel del mar puede ayudarle a incrementar su rendimiento entre un 3 y un 17 por ciento

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Este año, aprovechando que la recuperación de la fractura en el brazo le obligaba a empezar el curso con más calma de la habitual, Gómez Noya y su grupo de trabajo decidieron que era el momento idóneo para hacer una prueba seria en este sentido.

Querían evaluar si merecía la pena invertir tiempo en hacer concentraciones a miles de metros sobre el nivel del mar.

Y por eso a finales de octubre se desplazó para someterse durante cinco semanas al control del profesor Olcina. Los resultados, aunque todavía están en proceso de análisis, revelan que Gómez Noya avanza entre un 3 % y 17 % -dependiendo de los parámetros que se tomen como referencia- una vez que deja de dormir y ejercitarse bajo esas condiciones fatigosas para un deportista.

«Hay personas que no son reactivas a esta clase de entrenamientos, pero, por lo visto durante las pruebas que le hemos hecho, se aprecia que a Javier [Gómez Noya] sí le pueden ayudar a incrementar su rendimiento», destaca Guillermo Olcina.

Antes de comenzar con la rutina de casi tres semanas, el triatleta gallego pasó el primer test de los tres que había previstos para esta evaluación. Como en los otros dos que llegarían posteriormente, Gómez Noya superó una prueba de esfuerzo, le hicieron una analítica de sangre (para ver, sobre todo, los valores de hematocrito) y le chequearon, gracias a analizadores de gases, la saturación de oxígeno a nivel muscular y porcentajes graso y muscular del cuerpo.

Después de esa primera toma de contacto, en los primeros 18 días, Gómez Noya durmió en una tienda de hipoxia de unos nueve metros cuadrados. Fueron variando de forma progresiva las altitudes simuladas desde los 1.800 hasta los 3.000 metros, siguiendo los protocolos que ya hay fijados para estos ensayos. Además, combinaba el reposo nocturno en la tienda con siestas también en la instalación, pero a altitudes superiores, en la frontera de los 4.000 metros. Y en la Facultad hacía entrenamientos de esprints repetidos de diez segundos a máxima intensidad, con una altitud de 3.500 metros. «Puedo decir que fundí a Gómez Noya», bromea el director del grupo.

Un primer pico de forma

Cuando concluyó este período de 18-20 días le volvieron a hacer un test completo como el del primer día. «En este segundo chequeo vimos que su estado de forma había progresado mucho. Era normal. Venía de estar parado casi tres meses y aquí había empezado a entrenar de forma regular, por lo que su avance no era imputable solo a que su cuerpo hubiese experimentado los efectos de la hipoxia normobárica (a presión del nivel del mar, pero con una proporción de oxígeno en el aire por debajo de lo normal)», relata el especialista. «En las siguientes dos semanas -continúa- viene el período de lavado. En el que se supone que el cuerpo asimila esos cambios si el deportista es reactivo al entrenamiento en altura. También en esas dos semanas ya no se iban a notar tantos progresos relacionados con la vuelta a los entrenamientos, porque en la fase de la temporada en la que se encuentra, donde prima el volumen frente a la intensidad, hay un cierto estancamiento después de haber retomado la actividad. Con lo que si apreciábamos mejoras significativas debían estar relacionadas con ese nuevo estímulo que era la falta de oxígeno. Y así fue. Aunque los resultados definitivos no los tendremos hasta el mes de enero, hemos comprobado que dependiendo de los parámetros la ganancia es de entre un 3 % y un 17 %».

Estos porcentajes en un universo tan competitivo como el del triatlón pueden ser determinantes, pueden marcar diferencias entre los más grandes. Aunque el propio profesor Olcina advierte de que no todo lo que sucede en el laboratorio acaba teniendo su reflejo en la vida real: «Hay criterios de eficiencia que solo se pueden descifrar en la calle».

«Me gustaría probarlo este temporada, pero aún no tengo las fechas decididas»

No solo le sirvió para haber acumulado una mayor cantidad de información sobre su organismo, sino que también descubrió un lugar idóneo para hacer alguna concentración a lo largo de la temporada. La visita del pentacampeón del mundo a Extremadura no le pudo dejar mejor sabor de boca. «Hay un montón de carreteras sin tráfico y caminos para rodar con tranquilidad. Quizás en primavera se pueda hacer una concentración allí. Tienes todos los tipos de terrenos, desde el llano a puertos de montaña», comenta Javier Gómez Noya, quien añade sobre sus planes: «Me gustaría hacer algo en hipoxia esta temporada, pero aún no tengo muy claras las fechas. Es cuestión de ver el calendario y de cómo se va desarrollando el año».

Gómez Noya estará ahora en Baréin una semana y luego viajará a Nueva Zelanda. A su regreso se marchará a Canarias.