Después de tres meses recuperándose de la fractura que le impidió participar en los Juegos Olímpicos de Río, Javier Gómez Noya ha comenzado los entrenamientos ante la próxima temporada

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El brillo de la mañana se refleja en sus ojos. La luz se derrama intensa y limpia como en aquel cuadro de Vermeer. Cae en diagonal como si hubiesen abierto una ventana un palmo por encima de su cabeza. Los gestos son relajados. Mientras sus zapatillas acarician el tartán del Centro Galego de Tecnificación Deportiva de Pontevedra, se mueve de forma armónica, en calma. Ya han pasado tres meses desde que todo hubiese saltado por los aires, desde que, de golpe, se encontró postrado en la cama de un hospital vestido con batín de enfermo y su brazo izquierdo escayolado. Un despiste a un suspiro de la casa que había alquilado en Lugo para preparar los Juegos de Río lo mandó a la lona. Una caída tonta en los últimos metros de una sesión de entrenamiento cualquiera y una de las temporadas más importantes de su vida se escurrió por el sumidero. Pero ya no mira hacia atrás. Con la rehabilitación todavía sin concluir, Javier Gómez Noya, el pentacampeón del mundo de triatlón, ha vuelto a empezar. Regresa a los entrenamientos, a su hábitat natural, a un universo de fatiga y dolor.

«No le he dado demasiadas vueltas a la caída. No sirve de nada. Lo único que pienso es que en esta ocasión tuve mala suerte, pero en otros momentos la he tenido buena. Nadie gana cinco títulos mundiales sin tener una pizca de suerte. Con eso me quedo», comenta poco antes de echar la vista atrás, al 2010, y recordar cómo aquel año acabó conquistando el Mundial gracias a una combinación de resultados que parecía imposible.

La cicatriz de cinco centímetros

Después de romper a sudar, de salir a trotar 40 minutos a orillas del río Lérez, se sienta a charlar en la cafetería Don José. Es un pequeño templo del deporte gallego. Está a un paso del centro de tecnificación. Al otro lado de la calle. Y por sus mesas pasa el presente y futuro de quienes se dedican a exprimir el cuerpo para ser más rápidos, más fuertes, más resistentes que nadie. Javier se desprende de la sudadera e inconscientemente, al mismo tiempo que habla, se lleva la mano derecha al otro brazo, al que a la altura del codo ya luce una cicatriz de unos cinco centímetros. El mismo que pelea por recuperar sus hechuras, por abandonar esa figura esquelética que le produjo la inactividad. «Estoy haciendo ejercicios específicos en el gimnasio para recuperar la masa muscular. Cuando levanto pesas noto que me cuesta? me pongo a hacer bíceps y un peso que con el brazo derecho muevo sin problemas, con el izquierdo me parece un mundo? en general ha sido un proceso más complicado de lo que esperaba, pero lo importante es que todo va por buen camino».

«¿Volverá a estar como antes?»

Ahora está tranquilo, pero reconoce que no siempre fue así, que se llegó a preocupar . «Nunca había tenido una lesión de este estilo y cuando te dicen que en tres semanas ya empiezas la rehabilitación, pues piensas que va a ser algo rápido. Pero a las tres semanas te das cuenta de que has perdido toda la movilidad y pasan los días y no acabas de mover el brazo como quisieras y te preguntas: ‘¿Volverá algún día a estar como antes?’», confiesa.

Ya apenas le molesta, solo cuando lo apoya sobre el manillar. «Pensé -relata- que lo iba a notar más al nadar, porque para el gesto de crol necesitas la extensión completa del brazo [hace una brazada en el aire], pero en la piscina solo me molestó al principio y no quise forzar demasiado para que no me quedasen vicios en el movimiento que me pudiesen provocar lesiones musculares en otras partes del cuerpo».

Y evoca un sonido que le recuerda la operación. «Bueno, cuando hago tríceps con las pesas escucho cómo chirría todo ahí dentro… no es broma, cruje de verdad». Y sonríe, con esa sonrisa tan peculiar de Javier en la que se intuye que dentro de esa moldura de mito todavía se esconde un niño al que lo que le apasiona es jugar.

Su recuperación la ejecuta el fisioterapeuta Hugo Ogando y la pilota la doctora Luisa Ibáñez, la misma que lo operó el día después de que unas radiografías confirmasen que no viajaría a Río. En eso el pentacampeón del mundo ha seguido fiel a una máxima que ha mantenido a lo largo de su extraordinaria trayectoria deportiva: recurrir a personas de su círculo de confianza. Por su palmarés le habrían abierto las puertas de las clínicas más prestigiosas del país, pero él decidió quedarse en Galicia, en su casa. «A Luisa la conozco desde hace mucho tiempo. Es triatleta y ha operado a otros triatletas que han tenido lesiones delicadas, como Aida Valiño. La noche que me hicieron las radiografías vino a verme al hospital y me dijo: ‘Esto hay que operarlo y si quieres te opero yo mañana’. No me lo pensé. Soy consciente de la presión que suponía para ella, porque soy un paciente que quizás tiene más repercusión de la que es habitual, pero a Luisa no le asusta competir».

«Los primeros días apenas podía dormir» 

Los días posteriores a la operación fueron un calvario para Gómez Noya. «Tenía mucho dolor y apenas podía dormir. No encontraba una posición en la cama en la que me pudiese relajar», comenta el triatleta ferrolano, quien agrega: «Después sí, después ya le cogí el truquillo, pero me sentía bastante frustrado, porque en realidad no podía hacer nada. Estaba fuera de los Juegos y era un buen momento para descansar, para relajarme… pero no podía hacer las cosas que me gustan… no podía tocar la guitarra… si iba a la playa, tampoco me podía meter al mar…».

También reconoce que, como casi siempre, tuvieron que frenar su ímpetu para volver a hacer ejercicio. «La verdad es que no tenía sentido forzar, porque en realidad ya se había acabado el calendario ITU y lo realmente importante es que el brazo me quede bien», recalca.

ANTÓN BRUQUETAS
PONTEVEDRA / LA VOZ 17/10/2016 13:57