Pucón es una ciudad de Chile ubicada en la provincia de Cautín, en la Región de la Araucanía; bañada por las aguas del lago Villarrica y custodiada por el imponente volcán del mismo nombre, uno de los más activos de Sudamérica.

Este Ironman 70.3, promocionado como “la carrera más linda del mundo”, le hace honor a su nombre.

La playa de arena negra por su origen volcánico, el circuito de ciclismo por parajes de una belleza indescriptible, y el pedestrismo en la famosa Península, la convirtieron en una propuesta muy atractiva para mí, que suelo aprovechar las vacaciones para despuntar la pasión por este hermoso deporte que es el triatlón.

Llegamos a Pucón el diez de enero en micro, cuatro días antes del evento. Aclaro que viajamos de esta forma porque gracias a eso conocimos a don José Palacios, propietario de Vulcanizaciones Palacios (¿puede haber un rubro mejor al que dedicarse en las inmediaciones de un volcán?).

El señor Palacios armó, desarmó y embaló mi bicicleta con el amor de un artesano. Incluso me alentó cuando salí del agua ya que su hijo también participó de la carrera.

Los días previos los aprovechamos para recorrer un poco los alrededores, en un intento vano por distraer  la ansiedad que me producía participar de un Ironman 70.3 por segunda vez. El primero había sido en Buenos Aires, en 2016.

La zona está llena de lugares para visitar: termas, parques nacionales, cascadas, senderos, etc. Se pueden contratar excursiones, de hecho hay lugares a los que solo se accede mediante una excursión ya sea por la complejidad del terreno, por la necesidad de equipamiento o por ambas cosas. Pero también es posible pasear utilizando el transporte público, que es muy bueno y regular.

En el centro de Pucón hay varias empresas que ofrecen traslados a precio muy razonable.

Aunque no es necesario ir muy lejos para conocer hermosos lugares y también es posible alquilar bicicletas si uno quiere alejarse un poco más.

Recomiendo ir a la oficina de turismo y pedir información y mapas. Nosotros nos acercamos a una oficina móvil donde una mujer encantadora llamada Erna nos orientó acerca de todos los paseos que podíamos hacer por nuestra cuenta.

La charla técnica se realizó en el Gran Hotel Pucón. Construido en 1935 por el Departamento de Arquitectura de Ferrocarriles del Estado, frente a la plaza de armas.  El salón estaba lleno y, cuando dijeron que el circuito de pedestrismo se había modificado quitándole una parte a la temida Península, se escuchó un aplauso de alivio.

El día de la carrera amaneció espléndido.  Fui al parque cerrado a las siete de la mañana para darle “los últimos retoques” a mi bicicleta.

La largada de mi categoría estaba prevista para las ocho y cuarenta. Todos los participantes nos acomodamos en una calle vallada  en dirección a la costa. La salida se hizo de dos en dos para evitar los golpes en el agua.

Las aguas del lago Villarrica presentan, en esta época del año, una temperatura muy agradable. El recorrido tenía la forma de una “M” con un breve pasaje por la playa.

La multitud estaba exultante, miles de personas animaron primero a los atletas de elite y después a sus familiares y amigos.
Algo para destacar: la gentileza de la gente de Pucón y la calidad de la organización de la carrera. Ambos impecables.

Desde donde yo estaba, preparada para largar, escuchaba los gritos vivando a Bárbara Riveros, triatleta chilena que se coronaría campeona por cuarta vez de esta prueba.

Me desorienté un poco en la natación, no sé cuál fue el motivo, pero cada vez que levantaba la cabeza para ver las boyas me había alejado unos cuantos metros del recorrido.

De todas maneras salí contenta con la etapa terminada y me dirigí al parque cerrado donde los strippers (no sabía que se llamaban así) ayudaban a los atletas a quitarse el traje de neoprene. Luego me dirigí a retirar la bolsa con los elementos para el ciclismo, y de ahí a un sector de sillas para cambiarme y buscar la bicicleta.

El día anterior, cuando fui a dejar la bici en el parque cerrado me dijeron: “Colócala en el quinto andarivel, con el manillar mirando al volcán”, con ese acento tan dulce que tienen los chilenos. Así que mi bici estaba disfrutando de una excelente vista.

El circuito de ciclismo comprendió una sola vuelta en dirección a Curarrehue, una comuna que junto con Pucón y Villarrica, forma parte del polo de desarrollo lacustre-andino de la Araucanía. Un pequeño paraíso rodeado de bosques, lagos y cabañas pintorescas.

Cada vez que levantaba la vista del camino me quedaba sin aliento por la belleza del paisaje.

Vuelta al parque cerrado, cambio de calzado y salida hacia la Península.

La dueña del hostal donde paramos me contó que, en cierta ocasión, cuando el volcán Villarrica comenzó a expulsar lava, tuvieron que evacuar en dirección a la Península, por ser un lugar alto y rodeado de agua.
Y en esa dirección fui, empujada por el deseo imperioso de terminar la carrera.

La Península es una lengua de tierra irregular que se interna en el lago Villarrica. Actualmente, es un barrio cerrado.

El circuito de pedestrismo tiene varias subidas, cuyas bajadas, en mi opinión, no compensan el esfuerzo. Pero lo que sí lo compensan son las espléndidas vistas del volcán (a esta altura ya me había obsesionado un poco con él). El volcán emergiendo sobre arbustos de flores celestes. El volcán sobre el lago. El volcán siempre humeante. El volcán con su cumbre coronada de nieve.

Y así llegué al final de la carrera. Feliz, cansada, orgullosa y repleta de imágenes inolvidables.

 

Autora: Melina Rigoni