Hace poco más de un año comenzaba mi loca aventura de enfrentarme “algún día” a lo que sería mi primer triatlón .

Una decisión tomada un poco a la ligera y que tampoco me tomé demasiado en serio ya que siempre pensé que se trataría de algo muy lejano.

Durante casi un año, en el transcurso del 2016 al 2017, comencé de nuevo a retomar el contacto con la natación y puede que nadar un par de veces en el mar. El resto, correr por asfalto y montaña. Nada más.

Pero cuando comenzó el verano de 2017, un buen día y motivo alguno tomé la decisión de enfrentarme SÍ o SÍ a mi primer triatlón () . Había llegado el momento de salir de mi zona de confort y estaba aterrada.

He tenido la suerte de que mi pareja es entrenador nacional de triatlón y todo el entrenamiento que acumulé durante los dos meses de verano, estuvo bien planificado y seguido por él y correctamente adaptado a mis forma física.

Miedo y respeto. Eran los sentimientos que más me invadían durante esos 60 largos días en los que aumenté en gran medida las sesiones de natación, le perdí el miedo al mar y me subí a lomos de la bici unas cuantas veces más que en años anteriores.

Pero no conseguía quitarme ese miedo de encima. Miedo a caerme. A no hacerlo bien. Pero sobre todo miedo a rendirme y decepcionar a familiares y amigos.

El día de mi primer triatlón estaba hecha un manojo de nervios. Me faltaba la respiración y apenas conseguía ponerme el neopreno. Pero sí que fui consciente en ese momento de algo: y es que no tenía miedo de decepcionar a nadie.

Había llegado hasta allí con un buen entrenamiento y aunque siempre se puede hacer mejor, estaba orgullosa de todo lo que había conseguido hasta el momento. Si las cosas no salían bien y el agobio podía conmigo, no pasaba nada. Estaba orgullosa del trabajo logrado hasta ese momento.

Con las explicaciones de los jueces y la cantidad de normas básicas a cumplir, me dispuse a colocarme en última línea de playa para poder salir la última y tranquila. No quería acelerarme. Simplemente quería salir a nadar a un ritmo tranquilo con el único fin de acabar y evitar que me dieran algún que otro manotazo o patada.

Pero el caso es que nadar es la disciplina que más me gusta de las tres que componen un triatlón y a pesar de que salí en última posición, adelanté algunas posiciones y salí con unas cuantas personas detrás. Me llevé un par de patadas en las que una de ellas me quitó las gafas. Me sentí agobiada en algunos momentos y es que creo que los nervios me jugaron una mala pasada y aceleré el ritmo sin darme cuenta. Mi cabeza me decía que habíamos nadado más de 750 metros pero a esas alturas…ya no importaba.

Pero había superado la primera parte y llegaba para mí lo más difícil: la bici. Iba sin calas porque aún no me he atrevido con ellas y me tomé mi tiempo para prepararme. Me quité el neopreno como pude y salí con ánimo y ganas de acabar con esos 20km que tenía por delante.

La verdad es que no había mirado el perfil de la prueba pero días antes en mi cabeza pensaba: si es un sprint y el primero que se celebra, será un perfil llano en bici. ¡Ilusa de mí!

En la primera curva ya me di cuenta de que tendría que ponerme de pie en la bici en más de una ocasión. Apenas pude pedalear tranquila unos minutos. Cuando terminé la primera vuelta tras haber estado subiendo y bajando sin descanso pensaba: ¡y quedan otras tres más!

Para cuando llegué a la cuarta vuelta ya era la última y me acompañaba la moto que cerraba el triatlón. Aunque siempre pensé que ser la última persona en acabar una competición debía de ser horrible, en ese momento llevar a alguien a mi lado que me fuera dando conversación, supuso un apoyo importante con el que no contaba. Estaba agotada y tenía ganas de abandonar.

Cuando llegué a la T2, Pablo me esperaba para darme ánimos. Solo me quedaban 5 kilómetros. Tenía que acabarlos aunque fuera caminando.

A la moto del cierre de carrera se había unido uno de los jueces en bici y las tres vueltas pasaron más rápido de lo que pensaba. Pablo se encontraba en algunos puntos dándome ánimos, también mi amiga Marta y los ánimos de la gente en esos momentos se convertían en un auténtico chute de energía. Es increíble el poder que tienen unos aplausos y palabras de ánimo en esos momentos.

Y llegué a la meta. Con lágrimas en los ojos me abracé a Pablo mientras repetía una y otra vez: esto es muy duro, más de lo que pensaba.
En aquel momento por mi cabeza no pasaba la idea de volver a repetir semejante tortura nunca más pero he de reconocer que tras una buena ducha, descanso y haber repuesto energías, las cosas se veían de otro color y por supuesto ¡REPETIRÉ!

Eso sí, toca por delante un año de mucho entrenamiento y esfuerzo. Compaginar vida laboral y familiar con el deporte es otra disciplina muy complicada pero ¿quién dijo que fuera fácil?

Gracias por leer 😉

Por Irene Garrido Paton