Es una de las carreras más viejas en el circuito de Triatlón de la Argentina, y si bien fue cambiando su formato con el tiempo, nunca dejó de ser un clásico para los triatletas.

Un clásico para disfrutar una ciudad magnífica.

triatlon mar del plata

Amanece en Mar del Plata.

Más de trescientas siluetas semejantes se recortan en la playa. Lo que las diferencia es que algunas tienen gorro negro y otras gorro blanco. Todos miran hacia el mar, expectantes. Nadie habla. Sólo una voz en el megáfono dando las últimas instrucciones.

Un perro feliz recorre la muchedumbre buscando caricias. Cuenta regresiva. Suena una sirena. Los de gorro blanco corren hacia el agua. Sus brazos como aspas de molinos alteran la quietud del mar. Avanzan en dirección al sol.

Plaf, plaf, plaf, plaf, y algún chillido de gaviota. Minutos después larga el grupo restante. Alguien hace la señal de la cruz.

El recorrido es de mil quinientos metros en un circuito triangular marcado por tres boyas color naranja. Guardavidas en kayaks y en motos de agua custodian que nadie se pierda ni se ahogue.

Veinte minutos después, el primer nadador sale del agua. Corre los doscientos metros que lo separan de su bicicleta, y a rodar. Un grupo de atletas veloces lo persigue como un enjambre desaforado.

Mar del Plata es su parque de diversiones. Subidas, bajadas, curvas y contracurvas. Y el aliento o el desagrado de la gente que los ve pasar y piensa: locos, los admiro, idiotas, inútiles, genios, ídolos.

Un rato después todos los participantes están pedaleando. Sinfonía de ruedas. Rayos brillantes bajo el sol. En las cuestas se sienten los jadeos, el sudor, corazones que galopan estrepitosamente. En las bajadas el vértigo de la velocidad, de no poder frenar, de que alguien se les cruce en el camino. En una curva varias cubiertas de auto se apilan por precaución. Para que nadie se reviente la cabeza si se llega a caer. Como la ciclista holandesa Annemiek van Vleuten en las últimas olimpíadas. Pero ahí no había cubiertas. Y se golpeó muy fuerte.

A medida que la mañana avanza, el aire se calienta. Los turistas se reúnen a lo largo del circuito. Una familia de Tandil mira la carrera con la heladerita cargada de sándwiches, el bronceador, el tejo, las paletas y una reposera para la abuela. Otro perro desorientado cruza varias veces la calle en una bajada peligrosa.

Después de cuatro vueltas de diez kilómetros cada una llega la etapa del pedestrismo. Y con ella llega el alivio. Ya no más riesgos de pinchaduras, caídas, accidentes jodidos. Todos dependen de la energía que les queda en las piernas. Otros diez kilómetros de subidas y bajadas.

Es un deporte democrático: el viento sopla igual para todos, el recorrido es el mismo, compite el campeón contra el viejito que tiene más de setenta años.

Un bombero orgulloso de asistir a los corredores les tira agua con una manguera. El potente chorro forma un arcoíris multicolor sobre el cielo azul.

Ya falta poco para la meta. Cerca del Hotel Provincial centenares de personas se reúnen para ver al ganador. La moto que lo custodia y los aplausos llegan primero. El enjambre quedó atrás. Luciano Taccone atraviesa la línea de llegada con los brazos en alto. Imbatible.

Autora: Melina Rigoni