El atleta jamaiquino desgrana sus sensaciones, apenas cuatro meses después de haber brillado en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro

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 “Cada vez se me hace más duro. Estoy cansado. La gente me mira y piensa que es fácil lo que hago., y no, no lo es. ¡Es difícil!”. Usain Bolt (Sherwood Content, Jamaica, 1986) gesticula al subrayar la energía desplegada para convertirse en uno de los deportistas más exitosos y carismáticos de la historia. Desde que tenía 10 años -cuando empezó en el atletismo en la zona rural de la que procede, al norte de su país, aconsejado por su entrenador de críquet, el primer deporte al que se dedicó- hasta hoy no ha parado de correr. Cumplidos los 30, está a punto de despedir una época legendaria en el tartán. Desde 2008, Bolt ha dominado los 100 metros, 200 metros y 4×100 metros -distancias en las que ostenta los récords del mundo- tanto en Juegos Olímpicos (Pekín 2008, Londres 2012 y Río 2016) como en mundiales (Berlín 2009, Daegu 2011, Moscú 2013 y Pekín 2015). De 21 medallas posibles en esas citas, Bolt se llevó 20 oros. Solo falló en los 100 en Daegu, donde una salida nula en la final lo apartó de la lucha por el metal.

“Una vez pregunté a Michael Johnson (cuatro oros olímpicos y ocho mundiales) por qué se había retirado. Me dijo: ‘Había conseguido todo, ¿por qué continuar?’. Me parece un argumento válido. Yo tenía mis objetivos: quería ser campeón olímpico en atletismo y lo conseguí. Todo lo que quería lograr. ya lo tengo”, señala Bolt con aire a despedida en Londres, ciudad a la que acudió a finales de noviembre para asistir al estreno de un documental sobre su vida, titulado I Am Bolt (Yo soy Bolt). En un hotel londinense, el deportista charla con medios de todo el mundo, en sesiones individuales. Cuando sus casi dos metros de altura, vestidos con un chándal negro, entran en una habitación, saluda simpático y fotografía al periodista con su móvil: “Me gusta recordar a las personas con las que hablo”.

La película, que revela detalles de su preparación para los pasados Juegos de Río, explora también su lado más humano y la relación con su círculo profesional y personal más íntimo. Ahí está el Bolt al que le cuesta trabajo madrugar y ponerse a entrenar: “Ya no es tan divertido como antes. A medida que me hago más mayor, más tengo que sacrificarme. Ya no puedo salir tanto de fiesta. Ya no es agradable y no me gusta hacer algo que no disfruto. Solo pienso en dejarlo, acostarme tarde, relajarme, ser yo, sentirme humano”. Pero en I Am Bolt también está el atleta capaz de ponerse las pilas a tiempo, de llevar su cuerpo al límite, de escuchar a su entrenador, Glen Mills; a su mánager, Nugent Walker, NJ; a su agente, Ricky Simms, y a su masajista, Everald Edwards, Eddie, su círculo deportivo de confianza. “Vamos, Usain, tienes que esforzarte. Solo tres meses y después podrás hacer con tu vida lo que quieras”, le decía Simms antes de la cita olímpica de Brasil. Allí, Bolt se consagró como leyenda, el primero en conseguir tres veces el triplete olímpico en 100, 200 y 4×100. “Me encantaría ser recordado como uno de los mejores deportistas de la historia, como Muhammad Alí, como Michael Jordan o como Pelé. Pero también querría que me recordaran como una persona agradable, relajada, amorosa. Una persona que inspira a otras personas”, dice sobre su legado.

Curiosamente, Alí y Jordan interrumpieron sus carreras para luego retomarlas, aunque con diferentes resultados: el boxeador fracasó y el jugador de básquetbol lo hizo con gloria las dos veces que volvió tras sendas retiradas. Bolt dice tenerlo meditado: “Cuando me retire., lo haré para siempre. Volver a competir una vez lo abandonas es muy complicado”. El jamaicano dará sus últimas zancadas en una gran competición en agosto, en el Campeonato del Mundo de Londres. “Se comenta mucho si me quiero retirar antes de que alguien me pueda vencer.”, dice Usain, reconociendo que no le queda mucha gasolina. “Si quisiera, si trabajara muy duro, probablemente conseguiría competir al máximo nivel dos años más”, señala.

“Este año mi idea es correr por los fans”, prosigue. También por el dinero. Bolt cobrará, por ejemplo, un millón de dólares por competir en una prueba de exhibición en Australia el próximo febrero. El jamaiquino ocupa el puesto 32 en la lista Forbes de los deportistas mejor pagados del mundo; y es el primer atleta, con 32,5 millones de dólares en ganancias. En comparación con el fútbol, básquetbol, tenis o golf, en su especialidad se cobra poco. La mayor parte de su sueldo procede de los patrocinios: 30 millones en 2016 (un tercio de Puma). “El dinero me da la libertad de hacer lo que quiera, pero nunca me he focalizado en ello. Tampoco en la fama. Creo que mis padres se decepcionarían mucho si todo ello me cambiara, si me convirtiera en un estúpido”.

Bolt es un tipo sonriente, dentro y fuera de la pista. Lo era desde pequeño, recuerda Nugent Walker, NJ, amigo íntimo desde los seis años y convertido en su mánager. “Es su personalidad”, asegura. A juzgar por I Am Bolt, su carácter bonachón lo ha heredado de Wellesley y Jennifer, sus padres. También el valor del trabajo duro. Él se dedicaba al cultivo de café y ella era modista. Eran y siguen siendo humildes, se niegan a abandonar su casa y su barrio de toda la vida. “No quieren irse: ¡créeme que se lo he ofrecido!”, revela Bolt. “Papá siempre ha sido el estricto, el disciplinado. Mamá es más relajada y divertida”, cuenta en Londres. “Trabajo al máximo por aquello que quiero. Mi camino no ha sido sencillo, he tenido altibajos, he sufrido lesiones, falta de motivación. Y sin embargo mi personalidad siempre se ha mantenido igual: me gusta sonreír”. Y competir.

El público que acude a ver a Bolt sabe que su espíritu, alegría y motivación se contagia. Quien lo ve vive una especie de catarsis. Especialmente en su país, donde comparte el altar de los más grandes junto a Bob Marley, cuyo hijo mayor, Ziggy, es amigo del velocista (Bolt tiene también entre sus amistades a otros músicos de la isla, como Chronixx o Vybz Kartel). La primera vez que sintió la energía procedente de sus fans fue en 2002. “Recuerdo salir del túnel y escuchar al graderío: ‘¡Bolt! ¡Bolt! ¡Bolt!’. Instantáneamente me puse nervioso. Mis piernas, mis manos, mi cuerpo. temblaban. Pero cuando la carrera comenzó., sentí un empujón”. Con 15 años, Usain vencía en la carrera de los 200 metros en el Campeonato del Mundo Junior, disputado en Kingston (Jamaica). “Ese ha sido el mejor momento de mi vida, la primera vez que gané un oro, delante de toda mi gente. Ahí empezó todo”, recuerda.

Los siguientes cinco años fueron complicados. 2004 fue su primero como profesional. “Nos pasamos la temporada yendo a quiroprácticos tratando de solucionar los problemas en su espalda (su postura al correr no era la más adecuada) y en sus isquiotibiales [conjunto de tres músculos en la parte posterior del muslo]”, rememora Ricky Simms, su agente. “Hubo un momento en que pensamos: ‘¿Va a confirmar lo que prometía como juvenil?’. Hasta 2006 fue difícil. Pero en 2007 empezó a demostrar su consistencia”. En los mundiales de Osaka de ese año, Bolt logró dos medallas de plata.

La explosión llegaría al curso siguiente, en los Juegos de Pekín. Para la historia del deporte quedará su aplastante victoria en los 100 metros. Bolt batió el récord del mundo del momento (9s69/100) al tiempo que se daba golpes en el pecho 20 metros antes de entrar a meta, en un gesto de celebración. ¿Podría Bolt haber establecido una marca aún más inalcanzable de no haberse dejado llevar? Entre risas, reconoce que sí: “Entiendo lo que decís. Pero al principio de mi carrera yo era así. Me salió celebrarlo de esa manera. Creo que cuanto más maduras, más sabes que tenés que correr de otra forma”. Un año después, Bolt pulverizó el cronómetro en el Campeonato del Mundo de Berlín: 9s58 en los 100 metros, y 19s19 en los 200.

Desde entonces, nadie ha superado esas marcas, ni siquiera él mismo. “Creo que si hubiera estado libre de lesiones lo hubiera conseguido. Pienso que había espacio para mi mejora”, lamenta. A pesar de que nunca se ha perdido una gran cita por culpa de sus problemas físicos, la realidad es que Bolt, especialmente desde 2012, ha sufrido para llegar en tiempo y al máximo nivel a las carreras. Él atribuye el mérito de haberlo conseguido a su entrenador, Glen Mills, con el que lleva desde 2004 y que también entrena a Yohan Blake, el otro gran campeón jamaiquino y candidato a suceder a Bolt. “Ha llegado la hora. No más fiestas. Se acabaron las salidas porque el entrenador te lo dice”, ordena Mills a Bolt en la película, meses antes de Río 2016.

No es fácil domar al velocista. Ansía disfrutar de la vida. El atleta revela en el filme que en una salida nocturna, en enero de este año, un mal paso le provocó un esguince de tobillo. Un incidente que parecía menor, pero que lo tuvo dos meses parado. Se asustó. “Al principio no le conté la verdad al entrenador, no le dije que había sido en una fiesta”, reconoce ahora a carcajadas. El percance alteró su preparación. Aunque el gran problema llegó a un mes de la cita olímpica. Durante las carreras clasificatorias en Jamaica, sufrió un desgarro en los isquiotibiales y decidió no arriesgar.

No se ganó el pasaje a Río en la pista, pero Jamaica lo recuperó. No podía dejar fuera de los Juegos al hombre que desde 2008 ha permanecido imbatido prueba tras prueba. Desde los Estados Unidos, su gran rival, Justin Gatlin, se lo tomó a mal y acusó a Jamaica de dar un trato favorable a Bolt. Este, que curiosamente adolecía de cierta falta de motivación (“es difícil tener el mismo hambre de ganar que alguien que nunca lo ha hecho”), encontró, en ese gesto, el empuje que necesitaba para seguir venciendo. “Todo cambió. Sentí un cosquilleo en el estómago. Pensé: ‘¿Qué?, ¿va a ganar él?’. No. Lo que no entiende [Gatlin] es que lo que más me motiva es que hable todo el tiempo. Así que tú mismo, Justin.”, lanza en el documental mirando a cámara en una habitación de hotel. Días después, Bolt brilló tres veces en Río.

¿Y ahora qué? “Hay cosas que quiero hacer. Seguiré ligado al atletismo de alguna manera y también quiero incrementar mi trabajo con mi fundación [centrada en los jóvenes y los más desfavorecidos]”, cuenta. “También me gustaría jugar al fútbol [tiene planes, a través de la marca Puma, de entrenarse con Borussia Dortmund durante su próxima pretemporada]. Quizá por mi personalidad podría dedicarme al mundo de la televisión o incluso ser actor, nunca se sabe. Hay diferentes cosas que me gustaría hacer”, añade. También casarse y tener hijos. Solo él sabe si se lo pedirá a Kasi Bennett, su novia desde 2014 -de la que poco se sabe, aparte de que también es jamaiquina, una fanática de la moda y de las redes sociales-, que tuvo que ver imágenes de Bolt con diferentes mujeres en actitud sugerente durante las celebraciones por sus medallas en los Juegos el pasado verano. Un tema del que prefiere no hablar: “Trato de mantener mi vida privada alejada de los focos. Pero es difícil porque cada vez quieren saber más lo que hago”.

Bolt, al igual que en aquella final olímpica en 2008, aspira a disfrutar del final de su carrera mirando a izquierda y derecha, sonriendo a sus fans. “He dedicado toda mi vida a ser el mejor en atletismo, he intentado ser una leyenda, un campeón imbatido. Para mí ahora es triste, pero también liberador porque se acaba. Este capítulo se cierra y ahora puedo relajarme, irme de vacaciones. Puedo simplemente vivir”.

Por Alberto Corcuera (diario El País)